
Al lado del muelle de pescadores de Villa Gesell podía verse ayer a un bañero parado a la orilla haciendo una especie de marca personal a tres jóvenes que jugaban en el mar con el agua hasta la cintura. “Ellos pueden meterse hasta donde los deje él”, aclaraba Florencia Fritzler, maestra de la Escuela Especial 501 de esta ciudad, que relojeaba desde una sombrilla a pocos metros de los chicos. A su lado estaba su compañera Leticia García junto a otros tres chicos con capacidades diferentes que gozaban del sol de la mañana en esta “playa integrada”, la primera del país. Gimena, una niña con un leve retraso mental, confesaba que solía ir a la playa con su tía pero prefería a las maestras. “Mi tía es muy guardabosque”, justificó. La playa, que es municipal y de acceso gratuito, queda sobre la calle 128, junto al cuartel de la Cruz Roja local. Allí, un cartel colocado el 15 de enero, durante la inauguración, informa que hay sillas anfibias (son tres en total) para que los chicos con problemas motores puedan meterse en el mar con ayuda de un guardavidas, un aspirante de la Cruz Roja y una rampa que les facilita el ingreso. Además hay cuatro carpas disponibles a 50 metros del mar para las personas con necesidades especiales y sus familiares. Están armadas sobre un piso de madera, detrás de la medianera de la oficina de los guardavidas.
Marcelo Zulkovsky, uno de los guardavidas de esta playa, le contó a Página/12 que desde la apertura hubo muchas consultas de distintas escuelas y organizaciones del conurbano bonaerense y de Capital. Se acercaron personas con discapacidad motora, con problemas de obesidad, con dificultad para caminar y también de la tercera edad. “Hace unos días llevamos a una abuela de 80 en el cuatriciclo –cuenta– y estaba feliz de la vida por acercarse al agua. Es que mucha gente mayor dejó de venir a la playa después de sufrir accidentes o pasar un mal rato por tener que movilizarse.”
En el caso de quienes se movilizan en sillas de ruedas, comentó el guardavidas, se dieron las situaciones más emocionantes. “Nosotros, por precaución, los entramos al agua de espaldas con la silla anfibia. Pero hubo muchos que nos pidieron que los entráramos de frente para que les peguen las olas en la cara. Algo que para el resto puede resultar molesto, para ellos en un placer inmenso. Y ver esa alegría en alguien para nosotros es impagable”, señaló Zulkovsky.
Fuente: Pagina 12 (extraído de HF Noticias)


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